Relatan la trágica historia de un hombre
que a su amada perdió.
El destino en forma de muerte los separó.
En su desesperación la quiso seguir,
más allá de la muerte.
Anheló su recuerdo y en su tristeza cantó.

Los ríos se detuvieron,
las piedras de pena lloraron,
y la tierra en que moraba se estremeció.

Compuso en su intenso dolor
melodías que, como lamentos,
estremecieron el corazón
de todo aquel ser que las escuchó.
Y rogando por recuperarla,
una oportunidad se le dio.

Acallando almas y peligros con melancólicas
notas de amor el tártaro atravesó.
El propio dios conmovido le concedió
su petición con una condición.

Deberás ir primero, a tu amada no podrás mirar
hasta traspasar de mi reino el umbral.

Acallando almas y peligros con melancólicas
notas de amor el tártaro atravesó.
El propio dios conmovido le concedió
su petición con una condición.

Deberás ir primero, a tu amada no podrás mirar
hasta traspasar de mi reino el umbral.

De nuevo su corazón latía, pues su
amada volvería, y juntos marcharon
por la oscura senda.
Pero al final de su camino,
su confianza flaqueó,
su corazón dudó.

Ante sus ojos se desvaneció.
No hubo palabras de amor,
sólo un adiós de sus
labios brotó.
Sin pasión ni dolor,
sólo un último y triste adiós, suspiró.

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